1674627312 Arabella bien vale un vaso de agua
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‘Arabella’ bien vale un vaso de agua

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Hugo Von Hoffmannsthal, el dramaturgo de cabecera de Richard Strauss, con el que empezó a colaborar escribiendo el libreto de Elektra en 1908 y se mantuvo fiel al compositor hasta 1929 cuando fallece, se inventó para El Caballero de la Rosa (1910) una supuesta tradición vienesa: la entrega de una rosa de plata por parte de un noble a la que será su futura esposa el día del compromiso.

Funcionó tan bien el «invento» que para Arabella (1933), la última colaboración de ambos creadores, Von Hoffmannsthal volvió a recurrir a otra tradición igualmente ficticia, en esta ocasión de Eslovenia, la patria de Mandryka: cuando una joven ofrece un vaso de agua clara y fresca al hombre al que ama, si éste lo acepta sellan su compromiso «ante los ojos de Dios y los hombres».

Esta Arabella que durante los próximos días programa el Teatro Real es una producción tan redonda, preciosa a nivel escénico, eficaz en lo teatral y musicalmente notable, que uno entregaría no uno sino los vasos de agua que hicieran falta a esa Arabella tan maravillosa: una extraordinaria dirección musical a cargo de un David Afkham en estado de gracia, una producción inteligente, delicada y sutil firmada por Christof Loy y un reparto excelente con un cuarteto protagonista de un elevadísimo nivel.

Joan Matabosch, actual director artístico del Teatro Real, parece tener un cariño especial a esta producción de Arabella de Christof Loy -que se presentó en Frankfurt en 2009- y la recupera para inaugurar este título en Madrid, donde llega por primera vez tras 90 años de su estreno en Dresde. Ya recurrió a ella en su última temporada como director artístico del Liceu -2014- y la ha programado de nuevo para el Teatro Real.

En Barcelona, cuando se repuso después de no interpretarse desde 1989, esta Arabella recibió el premio de los Amics del Liceu como mejor espectáculo de ópera en aquella temporada y Loy fue elegido mejor director de escena por el montaje de esta ópera de Strauss. Viene con buenas referencias y es un ejemplo del trabajo de Loy que hemos visto ya con anterioridad en Madrid, donde ha cosechado varios éxitos: desde aquella Ariadne Auf Naxos con la que se estrenó en 2006, la Lulú de 2009, un exquisito Capriccio de éxito muy merecido en 2019 y una versión menos acertada de la Rusalka en 2020.

Loy desarrolla una minuciosa lectura teatral que llega al éxtasis en un magnífico tercer acto

Esta Arabella que ahora llega a Madrid sigue manteniendo, como en Barcelona, su escenario limpio, pulido y escaso de cualquier elemento. Algunos pocos muebles en el primer y segundo acto y ninguno en el tercero. Una producción escénica en blanco puro, tan de moda hace años -una más de las muchas que hemos visto en el Teatro Real.

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Luminosa, quirúrgica, aséptica, nuclear, Loy vacía el escenario, sin apenas utilería, sin nada que nos traslade a la Viena de final del XIX, sin elementos que nos evoquen aquella ya decadente y resquebrajada sociedad imperial y apuesta todo a un primoroso trabajo escénico con los cantantes. En un rotundo marco blanco, sobrio y jugando con unos paneles que descubren diferentes espacios -un salón despojado de casi todo excepto unas maletas, un descansillo, las escaleras de un palacio en fiesta…

Loy desarrolla una minuciosa lectura teatral que llega al éxtasis en un magnífico tercer acto, donde ya le sobran todos los elementos mobiliarios y únicamente confía en la carga profundamente dramática del texto de Hoffmannsthal y la música de Strauss, que se desarrolla en la claustrofóbica caja escénica completamente vacía.

Se apoya en un bellísimo vestuario a cargo de Herbert Murauer y el eficiente trabajo del iluminador Reinhard Traub, que no obstante en el estreno tuvo varios llamativos desajustes que supongo que se irán puliendo en el resto de funciones. A pesar de unos ligeros abucheos, Loy fue recibido con calurosos aplausos en los saludos finales.

David Afkham regresa al Teatro Real -tras su Bomarzo en 2017- habiendo firmado hace apenas unos días su renovación hasta 2026 como titular al frente de la Orquesta Nacional de España (ONE), cuanto parecía que 2024 sería su última temporada. Sin duda es una gran noticia que el director alemán haya firmado dos años más como director titular y artístico de la ONE con intención de continuar cimentando y aumentando el excelente momento por el que pasa esta corporación desde que él llegó en 2019.

David Afkham es ante todo un erudito. (…) Tiene un gusto elegantísimo en el gesto; sus manos, sin batuta, mantienen la tensión de una dirección comedida pero profundamente reveladora

Si además podemos contar con él con más frecuencia en el foso del Teatro Real, seremos doblemente afortunados. Especialmente si su regreso es con un compositor, Strauss, al que le tiene especial querencia, como quedó demostrado en la sensacional Salomé en versión concierto del pasado verano en el Auditorio Nacional con la ONE o en la ya lejana, pero igualmente memorable, Salomé de finales de 2017.

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David Afkham es ante todo un erudito, un estudiante esforzado que se enfrenta a cada nuevo reto que se propone con el ímpetu de un opositor a notarías. Horas y horas de análisis, notas, meditación, lectura… Su concepción de Strauss es tan intensa, profunda, definida, su capacidad de estudio es tan analítica y obsesiva que bucea en la partitura para extraer cada nota escondida en el caudaloso universo straussiano, en la complejísima arquitectura del compositor austriaco.


Estreno en el Teatro Real de la ópera ‘Arabella’, de Richard Strauss.

Monika Rittershaus

Teatro Real

Tiene un gusto elegantísimo en el gesto; sus manos, sin batuta, mantienen la tensión de una dirección comedida pero profundamente reveladora, no hay ademanes gratuitos en Afkham, no hay excesos pero todo está en su sitio, todo encaja, todo está pensado y repensado para hilvanar cada nota, cada emoción, cada intensidad. Su sonido no es ampuloso, vacuo sino de un profundo respeto por la partitura, por la intención y por la limpieza en la interpretación.

Su Strauss es profundamente teatral, sutil, más concentrado que chisposo, más melancólico que ligero, más corpóreo que efímero pero el sonido que extrae de la Orquesta del Teatro Real es cristalino, encajado y redondo.

Para esta Arabella el Teatro Real presenta un cuarteto protagonista de un altísimo nivel: Arabella (Sara Jakubiak), Zdenka (Sarah Defrise), Mandryka (Josef Wagner) y Matteo (Matthew Newlin). Para el rol protagonista, el teatro apuesta fuerte ofrenciendo su debut en Madrid a una de las jóvenes promesas norteamericanas, la excelente soprano americana Sara Jakubiak, considerada por The New York Times como una «soprano impresionante y de voz cristalina» y con una prometedora carrera internacional, centrada fundamentalmente en roles alemanes.

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Es una de las más demandadas interpretes de roles straussianos y wagnerianos, y ha elegido Madrid para incorporar a su repertorio, por primera vez, la Arabella. Debutó en España hace tres años como Chrysothemis en la producción de Robert Carsen de la Elektra y cuenta con una ya amplia experiencia en otros roles straussianos: Elektra, Salomé y la Ariadna Auf Naxos. De una voz preciosa, amplia, armónica y un gusto increible en el canto, ha tenido un sensacional debut.

Al final de la larga representación uno sale del teatro con la satisfacción de haber tenido la suerte de disfrutar de una Arabella tan bien ejecutada

A su lado la soprano belga Sarah Defrise, jovencísima pero de un excelente timbre y unos afilados agudos aunque algo trémolos, está muy ligada de momento a los teatros de su país de origen pero ya está empezando a hacer sus pinitos internacionalmente y es un acierto programarla para estas funciones. Su duo en el primer acto junto a Jakubiak puso de manifiesto lo compenetradas de sus voces, la musicalidad y el gusto de ambas. Su interpretación en el tercer acto fue igualmente sobrecogedora.

Igualmente excelentes el barítono Josef Wagner, un Mandrika de gran nivel, voz poderosa y fuerte carácter, al que ya disfrutamos en el Capriccio de 2019 pero que en esta ocasión luce un rol más relevante y exitoso, y el tenor norteamericano Matthew Newlin, toda una revelación desde el arranque de la ópera: gran voz, grande, bien proyectada, de agudos rotundos, de gran expresividad y con una vis escénica notable.

Muy buenas ejecuciones de Martin Winkler y la legendaria Anne Sofie von Otter como los padres de Arabella y toda una magnifica sorpresa: la extraordinaria Fiakermilli de la soprano vasca Elena Sancho Pereg, que despliega un poderío vocal sublime, con una seguridad en la ejecución de sus coloraturas colosal y que se desvela como un hallazgo brillante.

La función, a pesar de anunciarse en el programa de mano con una duración de tres horas y 40 minutos se alarga hasta las cuatro horas, con dos intermedios. Pero al final de la larga representación uno sale del teatro con la satisfacción de haber tenido la suerte de disfrutar de una Arabella tan bien ejecutada.

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