Ana Orantes 25 anos de un drama que desperto al

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Tercera hija de un albañil y una costurera, Ana Orantes trabajó desde niña en el mismo oficio que su madre y no asistió a la escuela. «Mis padres eran muy pobres. Aprendí en un bastidor hasta la noche. No he ido nunca al colegio», dijo de sí misma en el programa de televisión donde contó algunos episodios de la violencia machista que había sufrido durante 40 años de matrimonio. Añadió: «He sido bonita». Cuando conoció a José Parejo, su marido y verdugo, ella tenía 19 años y él, nacido en 1935, era dos años mayor. Una tarde el hombre que la quemaría viva la llevó a tomar un «refresco a La Alhambra» y allí le dijo que la había difamado con sus padres y amigos. «Dijo que yo estaba perdida, antiguamente se decía esa palabra», recordó. «Si quieres venir conmigo te vienes, o yo voy a levantar la voz para decirlo», recordó Ana Orantes la manera en que le pidió casamiento. «Yo era mozuela», prosigue ella. Recibió, en vez de cariño, injuria.

Al casarse, vivieron en casa de sus suegros, en El Albaicín, en la ciudad de Granada. Era 1956. El marido, al que llamaban «niño», trabajaba con su padre en un taller. Ella se hizo cargo de las tareas que le encomendaba su suegra. «Doña Encarna, el señor la haya perdonado, tenía una criada a la que echó porque ya estaba yo», aseguró en ‘De tarde en tarde’ de Canal Sur a principios de diciembre de 1997, donde denunció al hombre que la asesinaría trece días después de emitirse el programa. Sucedió en Cúllar Vega, una población granadina que tenía en esa época poco más de 2.000 habitantes (hoy tiene unos 8.000). A este lugar la había llevado Parejo desde El Fargue, al que se habían mudado desde la ciudad cuando era un paraje baldío y que abandonaron en cuanto tuvieron vecinos. «Mi madre no era una mujer de campo, pero él la llevó a los pueblos para aislarla», recuerda su hija Raquel Orantes. «Cuando se poblaban, él la llevaba a sitios más aislados donde no teníamos referencias de vecinos ni del entorno, para hacer lo que quisiera». Entonces, como ahora, la mujer está más expuesta a la violencia de género en los municipios pequeños.

Si la matanza machista fuera una enfermedad tendría en el mundo rural español una incidencia de 2,3 asesinatos por cada millón de habitantes, mientras que en los núcleos urbanos sería de 1,3. Es decir, fuera de las ciudades la tasa se duplica según los últimos datos de 2022. «Cuanto más pequeño es el pueblo, menos denuncia y más silencio», afirma Carmen Quintanilla, presidenta de la Asociación de Familias y Mujeres del Medio Rural (Afammer), que aporta datos: una mujer soporta a su maltratador 25 años en municipios chicos, mientras que en las urbes la media es de nueve años. «Allí las mujeres viven en círculos donde importa el qué dirán. Todos se conocen», prosigue Quintanilla. «Como hay menos policías, guardias civiles, juzgados y servicios públicos, ¿a dónde va la mujer cuando reúne la valentía suficiente para denunciar? Vive en la inseguridad, el miedo, la vergüenza y el contexto que las intimida».

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Las cosas bonitas de una madre que supo arrancar alegría al calvario

La muerte de Ana Orantes fue el último acto de una larga tragedia. «Él me callaba y me decía: ‘no sabes hablar, eres analfabeta, no vales un duro’. Para ver a mi madre le tenía que pedir permiso a él. No me podía acercar a una ventana», recordó en el plató. «Dentro de las casas suceden muchas manifestaciones de violencia, pero en todos los casos está la psicológica y de control, que consiste en menospreciar la opinión de la mujer, cuestionarla y aislarla», explica Sofía Gabasa, técnica del programa ‘Cultivando igualdad’ de la Federación de Asociaciones de Mujeres Rurales (Fademur). «En el medio rural ellas tienen más dependencia económica y es un factor añadido de vulnerabilidad».

La primera paliza de Ana Orantes llegó tres meses después de casarse, como recordó con nitidez: «Entré al taller y le dije: ya estoy aquí. No me contestó. Me dio una bofetada como la que le dieron al señor. No supe por dónde me vino aquello. Yo di un chillido y creí que me había roto la cara. Su padre llegó y le dio dos guantazos. Cuando se calmó todo, yo fui a pedirle perdón porque le había pegado su padre por culpa mía. Y me escupió en la cara».

Silencio en el pueblo

Ana Orantes no fue la primera en señalar una podredumbre social que supuraba sin cesar, ni la primera víctima de lo que entonces no tenía una denominación específica (sólo cinco años después de su muerte se comenzó a llevar un registro de las asesinadas por violencia de género). Pero su tragedia fue la de todo un país, conmovido por su testimonio y destino, y saltó al debate político.

Las palabras que sacudieron a la audiencia

Con calma y sin rencor, Ana Orantes participó en un programa de televisión en diciembre de 1997. Su testimonio de maltrato contenía la enorme crueldad de la que había sido víctima y sin embargo era similar en algunos aspectos al de otras mujeres del plató. Estas son algunas de las frases que pronunció Ana Orantes para sacudir a España:

«Me pilló en el Albaicín en un callejón con los puños cerrados. A él le dicen el Tarzán. Me cogió sobre la pared con los puños así, todos en las sienes, me daba un puñetazo y me dejaba muerta. Me hacía el boca a boca, respiraba otra vez, y me daba otro puñetazo. Y así estuvo no sé cuanto tiempo. Llegué a la casa con los ojos hinchados. Qué le pasa, preguntó la madre. Yo le dije: Que me ha pegado porque haber bailado media pieza con su sobrino. Pues no haber bailado, dijo ella».

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«Me decía: Anitilla, perdóname, ya no va a pasar más. No hagas caso a un borracho. Y yo le creía porque tenía once hijos y no tenía dónde irme. Tenía que aguantar que me diera paliza sobre paliza. Un día sí, otro no y el del medio. Que me dijera todo lo que él quería».

«Me pesa no haberlo hecho antes. Mis hijos son todos modelos. Mis hijos miran mucho por sus mujeres. Son muy trabajadores. Pero tengo esa pena».

«Cuando las mujeres iban a las instituciones les decían: vaya usted a resolverlo en su casa, son problemas familiares», sostiene Olvido de la Rosa, concejal de Igualdad de Cúllar Vega, el lugar donde fue asesinada Orantes. «Era considerada una cuestión doméstica, cuando en realidad es un problema social extendido en todo nuestro ámbito nacional. Ana Orantes lo representó porque lo denunció públicamente en una televisión pero, por desgracia, existía en muchísimas casas». Antes lo había denunciado ante la Guardia Civil, que no la escuchó ni «a mis hermanos», como tampoco un juzgado en 1986, cuando intentó romper la convivencia por primera vez y «el juez le negó el derecho a separarse», rememora su hija Raquel.

Las especialistas consultadas coinciden en señalar que el legado de Ana Orantes se observa en un avance contra la violencia machista, con la transformación legal (como la modificación del Código Penal para crear las órdenes de protección o la Ley Integral contra la violencia de género), la inversión en prevención y educación y la «sensibilidad», con dos importantes consecuencias. Una, «la mujer reconoce ahora la violencia que sufre»; y dos, su entorno averigua «qué puede hacer ella», indica Marisol López Medina, técnico de Igualdad de Cúllar Vega, donde han atendido, en los últimos diez años, a 528 mujeres por maltrato. El pueblo donde murió Ana Orantes es ahora una pequeña ciudad y las mujeres parece que callan menos.

Víctima de un hombre «trabajador» que «jugaba a las cartas, se metía a la taberna a emborracharse» y «le han gustado las niñicas desde 8 años para arriba», los golpes se hicieron continuos y frecuentes. «Me cogía de los pelos, me daba contra la pared y me ponía la cara así», describió Ana Orantes. Con los años su versión ha sido corroborada por sus hijos y la sentencia judicial por asesinato contra José Parejo en 1998: «Fueron constantes los malos tratos de aquél para ésta». «Eso pasaba hace 25 años y pasa mucho ahora», señala Gabasa.

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Los suegros sabían de las agresiones físicas y callaban. Los vecinos lo sabían también. Sin acusar, asumiendo que el silencio es la regla, algunos pasajes contados por Ana Orantes lo demuestran. Vecinas como «doña Celia» le advertían cuando Parejo iba con «la cara como los locos, desencajada», otro amenazó con denunciar si no paraban los golpes en la calle, nadie preguntaba cuando ella salía a hacer compras con los ojos morados. «Tenía que aguantar que me diera paliza sobre paliza». Según la presentadora que la interrogó, Inma Soriano, ella dijo que lo hacía para desahogarse y para buscar una protección que no encontraba. Creía, dijo, que «como se enterará mucha gente, él no se atreverá a hacerme nada».

Obligada a convivir

En el verano de 1996 logró por fin la separación de ese hombre al que «tenía pánico, miedo, horror», como consta en los hechos probados de la sentencia de la Audiencia Provincial de Granada. Tuvieron un mismo abogado que firmó el «mutuo acuerdo», y prolongó la orden del juez de paz amigo de Parejo, que les obligaba a vivir en la misma casa. Ella arriba y él abajo del chalet que ambos habían construido con sus manos, con un patio compartido.

En ese año y medio que hubo entre la separación y el asesinato, Ana y sus hijos intentaron comprar su parte al padre. No vendió. El acoso de él persistía. Exigió, con la venia del mismo juez de paz, que desmontasen un gallinero y una perrera. El hijo menor denunció a su padre por amenazas y ganó. El día que la asesinó, él había tenido que acudir al juzgado por una denuncia de ella por insultos, interpuesta después de hablar en televisión.

El 17 de diciembre de 1997, Parejo vertió litro y medio de gasolina en un macetero y esperó a que llegara Ana. Ella volvía de la compra a mediodía cuando él, sigiloso y por la espalda, le lanzó el líquido inflamable y prendió el fuego con su mechero. Ella cayó y perdió el conocimiento. Murió a causa de las quemaduras en la columna, cabeza, pecho, vientre y cuello.

El asesino se entregó en el cuartel de la Guardia Civil, que registró que «se encontraba abatido, llorando sin cesar y conmovido», lo que le valió una atenuante. El tribunal no apreció agravantes y dictó 17 años de prisión. Murió en la cárcel el año que le negaron por primera vez el tercer grado, en 2004. Ana Orantes tenía 60 años cuando su maltratador le quitó la vida de la manera más cruel. «Me pesa no haberlo hecho antes, tengo esa pena», dijo refiriéndose a la ruptura con el agresor. Su voz se sigue escuchando.

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