1670725813 Las mujeres manejamos bien la mano izquierda por eso somos

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La escritora Carmen Posadas, invitada del Aula de Cultura de IDEAL. / CAROLINA ROCA

Carmen Posadas, escritora

La ganadora del Planeta por ‘Pequeñas infamias’ es la invitada del Aula de Cultura de IDEAL, que patrocina Fundación ‘la Caixa’, este miércoles

Carmen Posadas (Montevideo, Uruguay, 1953), hija de diplomático, es una de las presencias constantes entre las autoras más vendidas de nuestro país desde hace décadas. Columnista de XL Semanal, el suplemento de los diarios del grupo Vocento, en 1998 ganó el Planeta por ‘Pequeñas infamias’. Primero retrató con acierto el mundo que vivimos ahora, y ahora retrata con igual pericia el mundo en el que vivimos antes. Su más reciente obra es ‘Licencia para espiar’ (Espasa), y constituye un interesante recorrido, a medio camino de la novela y el ensayo, en torno a las mujeres que ejercieron el oficio de conocer lo oculto. Lo presenta el miércoles a las 19.30 horas en el Aula de Cultura de IDEAL, en el Colegio de Niñas Nobles (calle Cárcel Baja, 3), con el patrocinio de Fundación ‘la Caixa’.


Nacer pisando moqueta, ¿ayuda a entender los entresijos del poder?

–(Risas) Supongo que no… Los entresijos del poder solo se aprenden cuando se está cerca del poder, y para eso no hace falta nacer pisando moqueta.


Desde luego, el espionaje tiene mucho de eso, de demostración de poder…

–Sí, en todos los tratados –aburridísimos, por cierto– que he leído en torno al mundo del espionaje, en el proceso de elaboración de este libro, se afirma que esta es la profesión más vieja del mundo, anterior incluso a esa que todos tenemos en mente…


Se refiere usted al periodismo.

–(Risas) Sí, como todo el mundo sabe… La realidad es que saber es poder, y desde el principio de los tiempos, los humanos se han espiado unos a otros, algunas veces con motivos loables y otras con motivos inconfesables.


La diplomacia es una forma de espionaje, también.

–Casi siempre. Las tapaderas más comunes de los espías fueron la de diplomático o la de periodista. Ambas permitían justificar la presencia en un país extranjero, y las relaciones con las altas esferas, haciendo muchas preguntas.

«La realidad es que el saber es poder, y desde siempre, los humanos nos hemos espiado unos a otros»


Su interés por el espionaje, ¿creció en paralelo con su interés por la literatura?

–Diría incluso que mi interés por el espionaje fue anterior. Siempre me gustó espiar conductas humanas. Fui una niña tímida, y me gustó siempre más observar que participar. Y los introvertidos aprendemos siempre más.


¿Por qué el espionaje es un arte?

–Porque requiere astucia y mucha mano izquierda. De hecho, quería que este libro se llamara ‘La mano izquierda’, pero la editorial me dijo que no era muy conveniente… (risas).


Habría tenido muchas lecturas ese título.

–Bueno, pienso que las mujeres manejamos muy bien la mano izquierda, y por eso somos muy buenas espías.


Cuestión de cualidades.

–Sí, claro. Las mujeres solemos pasar más inadvertidas; es más fácil, para nosotras, infiltrarnos en una banda terrorista o en una célula yihadista. Los hombres son más obvios, y generan más sospechas. Luego, somos muy intuitivas, y muy discretas. A los hombres les gusta más ‘trompetear’ lo que hacen, y las mujeres nos movemos mejor entre las sombras. Por eso escribí este libro: para recordar vidas de mujeres olvidadas, voluntariamente o no, y que forman parte de la historia.

Constantes


¿Cuáles son las constantes del espionaje que se mantienen en una época en que todo es electrónico?

–El libro se cierra con una entrevista a una espía que ha estado en activo hasta hace muy poco. Ella me decía que hay muchos tipos de espionaje, y que se complementan unos a otros. Quienes se dedican a operaciones –agentes de campo, como James Bond–, no son menos importantes que quienes trabajan escuchando conversaciones u oyen las emisoras de radio de países rivales o enemigos. Espiar tiene una parte de acción, ‘glamourosa’, pero otra tan importante como esta, y mucho menos divertida, que es escuchar. Y eso no ha cambiado.


¿Disfruta usted tanto con la escritura como con todo lo que la precede?

–Sí, el proceso de documentación me divierte mucho. En este caso, leí muchos libros serios y rigurosos sobre espionaje, porque en este tema hay mucha literatura barata. Después de leer esos manuales tan rigurosos –y tan densos– he querido ofrecer la visión más luminosa de una profesión muy complicada.


¿Rebuscar en la memoria de su juventud le ha provocado la nostalgia de un mundo en que aún había normas?

–Me encantan las normas. Son muy necesarias, igual que las líneas rojas, y las formas. Todo se está perdiendo en el mundo actual, y es una pena. Porque entre una persona civilizada y un gañán el barniz es mínimo. Y si se pierde ese barniz, se es capaz de hacer cualquier cosa.

«Me encantan las normas. Son muy necesarias, y en el mundo actual se están perdiendo»


Leyendo del libro, el lector puede llegar a la conclusión de queel del espionaje es un mundo de ‘raros’. Igual que el de la literatura.

–Es difícil hacer un retrato robot de una espía, porque son gente muy diversa. Hay reinas que fueron espías, como Catalina de Medici o María Estuardo; y hay mujeres grises, como telefonistas o secretarias, que durante la II Guerra Mundial fueron espías estupendas. Hay malvadas, y hay patriotas. Lo que todas tienen en común es una gran valentía.


Las mejores espías, ¿son aquellas de las que desconocemos incluso su nombre?

–Por supuesto. Es el caso de Larissa Swirski, de cuya existencia como espía nos enteramos cuando su hija nonagenaria reveló tal condición. Sin embargo, ocupó un papel muy importante en el desarrollo de la IIGuerra Mundial, y en ella se inspiró Ian Fleming para crear el personaje deHoney Rider de ‘Doctor No’.

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