1674369310 El autocontrol sexual es la fuente de la felicidad
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«El autocontrol sexual es la fuente de la felicidad»

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Si la dieta mediterránea es la referencia de la alimentación saludable en el mundo occidental, tiene mucho que agradecerle a Miguel Ángel Martínez-González. Catedrático de Medicina Preventiva y Salud Pública de la Universidad de Navarra, catedrático visitante de Harvard y Premio Nacional de Investigación Gregorio Marañón, su último libro, Salmones, hormonas y pantallas [Deusto], cambia de registro. Martínez-González se adentra en la crisis de salud mental que afecta a los jóvenes, la sobreexposición en redes y la salud reproductiva proponiendo un «rebobinado» de la liberación sexual de Mayo del 68. La obra desafía los clichés: el lector encontrará referencias eclécticas que saltan del pensamiento de Joseph Ratzinger a Cruella, la película de Disney, o El Señor de los Anillos.

¿Qué le ha llevado a salir de su «zona de confort» dentro de la salud pública, como lo plantea, para entrar en ámbitos que tienden a la polémica?

Mi especialidad es la Medicina Preventiva y la Salud Pública, pero no puedo caer en el reduccionismo de pensar que todo se ciñe a la nutrición, ¿verdad? Ahora mismo hay una crisis de salud mental sin precedentes, que afecta en especial a la gente joven. Basta decir que una de cada 10 muertes de jóvenes en España es un suicidio, y por cada suicidio hay al menos 20 intentos. Y cuando se le pregunta a los mejores psicólogos, como Jean Twenge de la Universidad de San Diego o Jonathan Haidt, te dicen que son las pantallas, las redes sociales, los contenidos que están viendo en sus teléfonos móviles. Es una generación sometida a una exposición sin precedentes, y me parecía que requería afrontarlo desde el punto de vista que realmente arregla los problemas de salud, que es la salud pública y la epidemiología.

Llama mucho la atención del lenguaje que usa: «La castidad no es Mordor, la castidad de Rivendel».

La gente entiende la castidad según la herencia de Freud y no conozco a ningún epidemiólogo que sea fan suyo. ¡No recogió un solo dato en su vida! Tuvo intuiciones, conjeturas que son interesantes, pero otras cosas son falsificadas. Equiparó el autocontrol sexual, que ahora mismo es clave en el concepto de salud en Harvard, con la represión. Yo puedo tener un cochazo, pero lógicamente debo pisar el freno de vez en cuando. La castidad es una gestión inteligente, voluntaria y libre de todo lo que tiene que ver con la sexualidad y con el amor. Si le quitamos los frenos a todos los coches, ¿cuánta gente va a morir en carretera? ¿Cuántos jóvenes sufren ahora por una exposición muy prematura a la pornografía, con una devaluación infrahumana de la mujer como instrumentos de liberación rápido de orgasmos?

Hay consenso en señalar a la sobreexposición en las redes sociales como un factor de trastorno. ¿Se están tomando las medidas adecuadas? 

Se está actuando en algunos sitios. El distrito escolar de Seattle ha presentado una demanda contra TikTok por la relación evidenciada por la epidemiología entre su uso y los trastornos, especialmente en las chicas. El Wall Street Journal levantó el escándalo de los informes internos de Facebook sobre el carácter adictivo de Instagram. Yo creo que hay que reforzar mucho el papel educativo de los padres. Dar ejemplo: jamás unos padres pueden estar mirando el móvil mientras comen con su hijo. Después vienen las medidas regulatorias. En el libro propongo una medida muy práctica que poner la extensión xxx a todos los contenidos pornográficos para facilitar el filtro por edad. Pero creo que lo principal es proponer una revolución cultural de fondo. Se llama la de los salmones porque siempre parte de un movimiento contracorriente: los fumadores pasivos contra el tabaco o la comida real contra los ultraprocesados.

Usted compara la ‘hipersexualización’ en los medios con el ‘ambiente obesogénico’ de la industria de los ultraprocesados: ambos ofrecen productos de gratificación inmediata pero generan hábitos insanos.

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Lo que planteo es un aspecto de la cultura que es tóxico y que viene de la Revolución de Mayo del 68: considerar el sexo como una fuente de gratificación placentera inmediata sin más componente de amor, como ‘carne brava’, cosificando al otro. Aquí se levanta una voz que no es la de Miguel Ángel Martínez, detrás hay universidades como la de Navarra y la de Harvard, hay asociaciones de ex pornoadictos, personas explotadas por la prostitución o el tráfico infantil, que dicen basta. La revolución sexual ha dado frutos muy amargos. Hemos duplicado en 12 o 13 años el consumo de antidepresivos. Año tras año se multiplican los delitos de violencia sexual. Bueno, pues esto hay que plantarle cara, hay que hablar del amor verdadero, ¿no? De la sexualidad realmente humana que enriquece y hace felices a las personas a largo plazo.

Algo que pone de acuerdo a expertos, responsables y educadores es que el primer contacto con la sexualidad no debería ser a través de la pornografía.

Efectivamente, este es el punto álgido. El primer educador ahora mismo ni son los padres ni es el Ministerio de Educación, es la pornografía, que además presenta la sexualidad de un modo que no representa la realidad. Yo digo que habría que darle un premio a los papás y mamás que sean los últimos de la clase en darle el móvil al chaval. También digo que los padres inteligentes dan móviles tontos, y los padres tontos dan móviles inteligentes. Los móviles que no tienen acceso a Internet deberían estar de moda. Somos muy esclavos de las modas. De ahí la elegancia del salmón que nada contracorriente.

Hay preocupación por los casos de contenidos sexuales protagonizados por menores filtrados sin cortapisas en TikTok. En otros casos, aunque ellos no tengan intención sexual, la tiene el adulto anónimo al otro lado.

Según la Guardia Civil, han crecido en un 507% las solicitaciones sexuales a los menores durante la pandemia. Es brutal lo que está pasando. Cuando el uso de pornografía genera compulsión, se genera tolerancia, y lo repulsivo o aberrante pasa a parecer normal. Hace falta un gran movimiento social, de los que traen el cambio en la salud pública. Como con el problema de que se fume en sitios públicos: puede haber leyes, pero primero hace falta un movimiento social de gente concienciada.


Miguel Ángel Martínez-González, catedrático de Salud Pública de la Universidad de Navarra,

José Verdugo.

EL ESPAÑOL

¿Cómo debería ser esa educación sexual, qué conversaciones hay que tener? Es un tema que causa controversias políticas de un lado y del otro. 

Lo que tenemos que transmitir es el concepto del amor con todas sus dimensiones. Los principales educadores en este tema son los padres, el padre a los chicos y la madre a las chicas. Hay que transmitirles que el aspecto más importante de la felicidad a largo plazo es la capacidad de autocontrol en todos los impulsos sexuales en vez de buscar gratificaciones instantáneas. Llevo 40 años rodeado de universitarios y les digo que deberían pensar en lo que pasará en su casa en 20, 30 o 40 años. Hay 180.000 matrimonios y 100.000 divorcios, un 60% de riesgo de fracaso. Hay que poner los pilares, saber negarse uno a sí mismo para hacer feliz a la otra persona, que uno no se baja la chica como se baja una película de Internet.

¿Por qué ‘el padre a los niños y la madre a las niñas’? Pienso, por ejemplo, que un chico homosexual quizás quiera hablar primero con su madre que con su padre porque le da más confianza.

Por supuesto. Lo que yo doy es una regla general.

¿Son los divorcios una materia de salud pública?

Pues sí. En epidemiología se estudian los distintos factores sociodemográficos como condicionantes de eventos de salud a largo plazo. He escrito un libro divulgativo, pero tiene 450 notas a pie de página y referencias bibliográficas de estudio. Y lo que se ve es que las personas que se han divorciado tienen probabilidad de sufrir con mayor frecuencia problemas de salud mental o mortalidad prematura.

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¿Podríamos decir, como dato epidemiológico en bruto, que si todos fuéramos felizmente monógamos de larga duración habría beneficios de salud pública?

En el libro afirmo desde el principio que cada uno no es libre, es libérrimo de tomar las opciones que desee. También tiene derecho a saber. ¡Y derecho a no querer saber! Es respetable, ¿eh? Yo digo: «Pues muy bien. No leas libro si no quieres enterarte de todo lo que hay investigado seriamente con rigor científico». En términos de Salud Pública, una sociedad donde predomine una monogamia permanente tendrá menos sífilis, gonococia, clamidia, menos infertilidad, menos cánceres asociados a virus de transmisión sexual como el VPH, etc. Y menos problemas de salud mental.

¿Pero no miramos el matrimonio tradicional con lentes rosadas? Basta leer a Flaubert, Galdós o Clarín, historias de desilusiones e infidelidades.

Sí, efectivamente, es un tema difícil. Lo que digo es que hay que aprender a gestionar los conflictos, incluyendo la infidelidad de uno de los cónyuges. No creo tener una visión excesivamente optimista. Cuando le decimos a la gente que siga una dieta sana, sabemos que el dulce con nata y azúcar le apetece a todo quisqui. Cuando le decimos a los fumadores que dejen de fumar, sabemos que no va a pasar del paquete diario a dejarlo de golpe. Nuestra fuerza de voluntad no es de acero, pero hay que fortalecerla de media. Nosotros siempre trabajamos con la media.

La referencia a las ETS es importante, porque vivimos en estos momentos un repunte del que muchos ni son conscientes ni están informados. 

El Instituto de Medicina, una de las instituciones más serias de Estados Unidos, lo llamó la epidemia oculta. Hay mucho ocultismo. Lo que habría que decir es que «las ETS no son tu problema si tienes una pareja monógama y estás seguro de que sois mutuamente fieles». El problema son los núcleos súper dispersores, pocas personas en  total que están continuamente cambiando de pareja.

El Covid nos enseñó que cada medida de protección es una «loncha de gruyére» que mitiga los fallos de la anterior. Usar preservativo, evitar las relaciones de riesgo, ¿no suma como para no llevar una vida estríctamente monógama con un margen de seguridad?

La salud pública no consigue éxitos con una sola vía, y yo denuncio el error de atribuirle toda la seguridad al preservativo. El queso gruyére me parece una explicación magistral de las acciones eficaces en salud pública, las multifactoriales. Otra palabra hija de salud pública es la segmentación del mensaje. No puede ser ‘café para todos’, hay que adecuarlo a las preferencias, a los estilos de vida. El libro está dirigido específicamente a las personas que quieren ser salmón, porque están ya de vuelta de la revolución sexual. Pero yo tengo amigos que me dicen, ‘mira, yo llevo cohabitando muchísimos años y soy más fiel que otros que se casaron’ [ríe]. No se puede generalizar y todo movimiento en la dirección adecuada va a beneficiar de media a la sociedad.

Miguel Ángel Martínez-González, catedrático de Salud Pública de la Universidad de Navarra.


Miguel Ángel Martínez-González, catedrático de Salud Pública de la Universidad de Navarra.

José Verdugo.

EL ESPAÑOL

También pone el acento en la anticoncepción hormonal. El riesgo de trombosis por las vacunas de Covid llevó a muchos a descubrir que la píldora exponía todo este tiempo a las mujeres a un riesgo aún mayor.

Aquí hay un gigante inmenso, la ‘Big Pharma’. Su negocio no son los medicamentos que curan sino los que no curan pero hay que tomarlos todos los días. Entre ellos están los anticonceptivos, que se han usado de forma contraria a la medicina, como primer recurso contra la regla irregular o el acné. La revisión Cochcrane, que es lo más serio y restrictivo que hay, te dice que aumenta el riesgo de infarto de miocardio en un 60-70%. Yo le he preguntado a un oncólogo: «¿Tú le darías a una mujer que tiene un cáncer de mama incipiente un anticonceptivo oral?». Responde que jamás, porque son promotores de células tumorales. Todos estamos desarrollando mini-cánceres continuamente, nuestro sistema inmune se los ‘carga’, pero a las mujeres les damos algo que los promueve. El Estudio de Salud de Enfermeras de Harvard, con cientos de cientos de miles de participantes, apunta a esta relación.

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Sobre el aborto: en el libro, valora positivamente la derogación de Roe vs. Wade que lo garantizaba en EEUU. La revista Nature, en cambio, recabó a 800 expertos sosteniendo que el aborto es una necesidad de salud pública.

¿Dice alguno de ellos algo sobre la expectativa de vida genética del no nacido, de su carácter, dan alguna razón que invalide lo que yo expreso?

Hablan del impacto de la derogación del aborto sobre el bienestar, la salud y la psicología de la mujer.

Pero no hablan de los no nacidos, ¿no? Yo creo que, como médico, he aprendido lo necesario para saber que la verdad científica no depende del consenso. Yo soy muy comprensivo con las mujeres que están en esa situación. Hay que apoyarlas y darles alternativas. Empíricamente, la expectativa de vida de ese nuevo ser es diferente de la de la madre. Yo tengo una dotación cromosómica genética distinta de mis padres desde que era un embrión, no soy parte del cuerpo de mi madre. La identidad de una persona no se define por quien la cobija o quién le da alimento. El problema es que hay una ‘Big Abortion’, un negocio potentísimo que genera muchísimos ingresos, porque es muy barato producir un aborto y se cobra mucho. Entre el 80 y el 90% de los que se hacen en España se hacen clínicas privadas, y basta que destinen un poquito a comprar científicos o a comprar políticos para hacer ingeniería social.

Pero en los países más restrictivos se dan casos dramáticos: menores violadas obligadas a tener el niño o médicos que no se han atrevido a practicar abortos terapéuticos por miedo a acabar en la cárcel.

Estos casos son mínimos comparados con los millones de abortos que se producen en Estados Unidos, más de 60 millones. Desde luego, no hay que ser fundamentalista en ningún sentido. No soy partidario de ninguna manera de penalizar a la mujer que aborta. Lo que hay que penalizar es a los ‘tiburones’ de la picadora, que engañan, que venden órganos de los fetos abortados. Los casos que me comentas son inhumanos, pero se usan de pantalla de lo que está pasando, 90.000 abortos en España más los que no se contabilizan en la estadística oficial. El aborto médico es barato porque se hace en casa, pero la medicación tiene unos efectos secundarios muy potentes. La industria del aborto mueve miles de millones de dólares cada año y yo no gano nada diciendo esto, se me van a cerrar puertas. ¿Por qué lo digo entonces? Porque negar la humanidad del feto, para mí, es como que un nazi diga que un judío es un ser inferior.

En lo que hay acuerdo es en definir el aborto como una situación de fracaso: nadie quiere tener que llegar a ese punto. ¿No está haciendo España las cosas mejor cuando hay 28.000 abortos menos que en 2021?

Habría que matizarlo: en España hay menos mujeres en edad fértil cada año que pasa, y menos nacimientos. La proporción teóricamente esperable de embarazos que acaban en aborto desgraciadamente no ha bajado. Si tú divides los abortos entre la suma de aborto y nacimientos te suele salir 21%, prácticamente constante. Insisto, hay que poner medidas multifactoriales para llegar a algo que es deseable para todos, que el aborto se reduzca lo mínimo. Pero mi planteamiento es que hay un ser humano no nacido que también tiene sus derechos, que es el que más protección necesita. Y si no lo protege la salud pública, ¿quién lo va a proteger?

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